Un beso que dura 10 minutos. Un avistamiento de OVNI en Portillo. No encontrar a tu cita en la oscuridad del cine. Sacar un 10 después de mucho estudiar. La primera vez que se pisa la playa tras el confinamiento. Que un toro atraviese la talanquera el día que conoces a tu suegro. La primera vez en un show de impro. La primera vez que monté en avión. Perderse en un bosque y encontrar el camino gracias a los perros.
Momentos que se quedan grabados en la memoria, y que el público nos regala con generosidad para arrancar el espectáculo. Quienes formamos parte del elenco, los atesoramos para sacarles el máximo partido posible.
Esos instantes nos dieron pie a reconstruir memorias colectivas de pandemia, a poner en duda el sistema educativo desde el sarcasmo, a montar una aventura digna de Steven Spielberg en las salas de cine, a recrear historias de amor, a poner sobre la mesa la obsesión de las familias con dominar el inglés, a montar un musical yankee en medio de un bosque.
El pasado viernes encima del escenario, las gozamos junto a German Santori. Y cuando disfrutamos haciendo lo que hacemos, se nota en el resultado.
Además, contábamos con una materia prima estupenda que nos regaló un público entregado. Gracias a esas personas que fueron como espectadoras, y sin saberlo, se convirtieron en las musas de los historiones que contamos sobre el escenario.
Con sus instantes, nosotros creamos dramaturgias instantáneas, y todo lo que se vio encima del escenario no volverá a representarse nunca más, pero estamos seguros que recrearemos esa actuación en nuestra memoria durante mucho tiempo.






