
¿Por qué tendrías que hacer impro? ¿Qué se siente en una clase? Aquí te dejamos un decálogo con 10 buenas razones para probar este bello arte de lo efímero:
1. Dar rienda suelta a la imaginación
En impro se crean escenas sin atrezzo y sin objetos. Sin límites para crear. Porque nuestro as en la manga es la imaginación. Para eso, trabajamos la creatividad con ejercicios (porque sí, la creatividad se puede desarrollar) para permitimos viajar cada vez más lejos gracias a la fantasía.
2. Cero juicios
“Qué vergüenza”, “esas cosas no son para mí”… Estas frases vienen del miedo al qué diran, a no hacerlo bien. Pero ¿qué es hacerlo bien? ¿Quién ha decidido eso? En impro todo se acepta, todo es válido, solo hace falta la implicación y las ganas de sacar adelante una escena.
3. El patio de recreo
Unas horas en las que desconectar del día a día, de hacer un break, jugando y riendo como niñ@s. Una burbuja de disfrute en la que no te dará tiempo de pensar otras cosas (te aseguramos que tu mente estará demasiado ocupada haciendo malabarismos).
4. Abrazar el error
Las mejores escenas improvisadas surgen de poner en valor el fallo dentro de la escena. Porque cometer errores hace que las historias sean más reales. Aprendemos a aceptar la imperfección, que es lo que nos hace human@s.
5. Compromiso
Detrás del supuesto “caos” de una improvisación, hay una técnica y unos recursos que se trabajan, que soporta las escenas y tratamos de poner en práctica para crear historias. El compromiso para entrenar semana tras semana es esencial para luego ver resultados de las escenas que creamos en equipo, para sentir que “estamos junt@s en esto, y vamos a sacarlo adelante”.
6. Creación colectiva
La responsabilidad de la escena siempre es compartida. De cualquier pequeña idea que propongas, abrá otra persona que la hará crecer. El resultado de sumar todas las aportaciones suele ser un escenón.
7. Conexión y complicidad
Entenderse sin palabras. Sin mirarse. Eso se consigue en cada grupo de impro clase tras clase. Esa energía única de cada elenco es la magia que se percibe después sobre el escenario. Lo que te da la confianza para lanzarte a la incertidumbre de la improvisación.
8. Generosidad y hacer brillar
Gracias a que cada vez conocemos más a la gente con la que improvisamos, sabemos en qué tipo de historias puede destacar una u otra persona. Regalar el foco cuando sabes que una personas que puede brillar es de las partes más bonitas dentro de la escena.
9. Conocerse y aceptarse
Dentro del grupo, cada persona vive su propio proceso personal. Cada persona, se va encontrando más cómoda en un tipo de improvisador/a: quien siempre propone, quien siempre escucha, quien pone los toques de humor, quien coloca la guinda a la historia, quien recuerda el título… Cada un@ va encontrando su rol, y al aceptarlo, sabrá potenciar sus puntos fuertes (como en la vida misma).
10. Una filosofía: Sí, y además. Sí, y ahora.
Aceptar las propuestas de tus compañer@s, lo que te llega de tu alrededor, incluso tu propia identidad, para a partir de lo que tenemos, seguir hacia adelante, seguir construyendo. Y hacerlo aquí, y ahora, porque en escenas efímeras, lo que no se hace en el instante, ya pasó. ¿No sería maravilloso llevárnoslo en la mochila para aplicarlo en nuestro día a día?